02/11/2026
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La muerte que también aprendió a rezar

Contraluz

A un costado del camino, la iglesia y el santuario parecen partir en dos la misma fe. En uno, Cristo. En el otro, la Santa Muerte.

No hay discusión entre ambos espacios. No hay disputa visible. La gente entra, reza, toca, agradece. Cada quien sabe a quién vino a buscar.

La muerte aparece vestida de distintos colores, cubierta con flores, rodeada de veladoras y objetos dejados por quienes regresan a cumplir una promesa o a agradecer un favor.

Frente a una imagen de casi dos metros, un hombre se acerca hasta tocarla. Pone las manos sobre ella y permanece unos segundos así. No mira a nadie. No parece estar ahí para ser visto.

Habla con ella.

Eso es lo que más se repite dentro del santuario: gente hablando con la muerte. No como metáfora. Pura presencia.

En otro rincón, sobre una mesa, se acumulan ofrendas. Hay veladoras, flores, objetos personales y pequeñas figuras. Nada parece colocado al azar. Cada cosa llegó con alguien y, probablemente, con una historia que no está escrita en ninguna parte.

En el segundo piso, otro hombre permanece de rodillas frente a una imagen. Dice algo en voz baja. Desde lejos no se alcanza a escuchar. Podría ser una petición, una promesa, un agradecimiento.

No hace falta saberlo. Se entrega completamente a su fe: estira los brazos, inclina el cuerpo, suplica.

Cristo no desaparece cuando aparece la Santa Muerte

Dentro del mismo espacio aparecen cruces, imágenes de Cristo, veladoras y representaciones de la Santa Muerte. Los gestos también son los mismos: persignarse, arrodillarse, pedir, agradecer, cumplir una manda.

La Iglesia católica no reconoce esta devoción, pero para quienes llegan hasta Santa Ana Chapitiro la contradicción parece tener menos peso. Una creencia no necesariamente desplaza a la otra.