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Guadalajara despide la fase de grupos con una ciudad que no quiso dormir

Contraluz

A esa hora ya nadie preguntaba dónde estaba la fiesta. Bastaba con seguir las camisetas verdes. Salían del Centro Histórico, caminaban por avenida Vallarta y terminaban, casi por inercia, en La Minerva. Guadalajara había repetido el recorrido dos veces antes. La tercera ya parecía una tradición.

Desde temprano, el primer cuadro de la ciudad volvió a llenarse de aficionados. Entre el FIFA Fan Festival, las plazas y las calles del Centro Histórico, familias enteras, grupos de amigos y visitantes comenzaron a apropiarse de la ciudad con banderas, trompetas y camisetas de la selección mexicana.

La primera lluvia apareció sobre los Arcos Vallarta cuando cientos de personas iniciaban el recorrido hacia La Minerva. Bastaron unos minutos para que los aficionados buscaran refugio bajo los árboles, las marquesinas y las paradas de autobús. El aguacero duró poco. Apenas dejó de llover, la caminata continuó como si nada hubiera pasado.

El destino era el mismo para todos.

La Minerva volvió a convertirse en el punto de encuentro mientras el partido avanzaba. Ahí, miles de personas siguieron los últimos minutos del encuentro entre cánticos, espuma, música y el sonido constante de las trompetas.

Entonces llegó la segunda tormenta de la noche.

La lluvia volvió justo cuando comenzaron a caer los goles de México. Algunos se abrazaron para sostener un hule, compartir un paraguas o cubrirse con un impermeable improvisado. Otros ni siquiera intentaron refugiarse. Permanecieron bajo el aguacero, celebrando cada anotación mientras el agua y los gritos se mezclaban sobre la glorieta.

Cuando el árbitro decretó el final del partido, la lluvia dejó de importar. La Minerva estalló entre abrazos de desconocidos, banderas ondeando, espuma, humo de bengalas y caravanas de automóviles que hicieron sonar el claxon alrededor de la glorieta. El triunfo aseguró el histórico paso perfecto de México en la fase de grupos y encontró a Guadalajara celebrándolo en la calle.

La fiesta se prolongó por horas. Había quienes seguían llegando desde avenida Vallarta y otros que simplemente no encontraban motivos para irse. La ciudad había aprendido el ritual del Mundial: caminar hasta La Minerva y celebrar ahí, sin importar si el cielo amenazaba con volver a abrirse.

Así terminó la fase de grupos en Guadalajara. No con el silbatazo final, sino con una ciudad que volvió a apropiarse de sus calles y que, por una noche más, decidió no dormir.